La naturalización de la violencia

Ciudad Deportes
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En cualquier diálogo cotidiano, desde la opinión sobre un baile hasta un intercambio entre ministros, no se bancan las diferencias. Vamos aprendiendo lentamente que cualquier situación se soluciona de manera violenta”. Así describe el sociólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Carlos de Ángelis, un fenómeno que parece extenderse cada vez más en la sociedad contemporánea.

El fútbol, por supuesto, no escapa a esta realidad. Lo ocurrido el pasado domingo 30 de agosto en el parque “José Peruchena” de Palmitas constituye un ejemplo preocupante de ello.

Tras la final del Torneo Competencia 2026, el presidente del Club Wanderers, Mario Andrés García, decidió canalizar su frustración por la derrota de su equipo mediante agresiones verbales y físicas contra quien escribe estas líneas. Rodeado de un grupo de seguidores, me insultó reiteradamente, me tomó del cuello, me empujó y procuró provocar una reacción que justificara su accionar.

Mientras desarrollaba esa conducta, García argumentaba que sus motivos estaban vinculados a una supuesta falta de imparcialidad en las coberturas periodísticas sobre el fútbol de la Liga del Centro de Soriano. Sin embargo, en medio de sus cuestionamientos hizo referencia a hechos que jamás ocurrieron y atribuyó intenciones que nunca existieron.

Puede discrepar con nuestras coberturas, cuestionar nuestros enfoques o no compartir nuestras opiniones. Está en todo su derecho. Lo que no puede hacer es recurrir a la agresión para expresar su desacuerdo. En más de tres décadas de ejercicio periodístico, jamás me he involucrado en aspectos personales de dirigentes, jugadores o integrantes de instituciones deportivas. Tampoco he faltado el respeto a García ni a la institución que representa.

La cuestión de fondo es sencilla: ¿desde cuándo el desacuerdo con el trabajo de un periodista habilita la agresión verbal o física? Quien actúa de esa manera no solo desconoce los principios básicos de la convivencia democrática, sino también los valores esenciales del respeto y la tolerancia.

Incluso si aceptáramos, a modo de hipótesis, la supuesta parcialidad que denuncia García, ¿cuál sería el problema? En el fútbol mundial, en el uruguayo o en el de la Liga del Centro propia,  existen comunicadores que siguen, cubren o transmiten exclusivamente la actividad de determinados clubes. Es una realidad conocida y legítima. Será el público quien evalúe la credibilidad y la calidad de esos contenidos. Lo que nunca puede ser aceptable es la violencia como mecanismo para resolver diferencias.

El periodismo no es una ciencia exacta. Como toda actividad humana, está sujeto a interpretaciones, enfoques y opiniones. Por eso es natural que existan discrepancias con determinadas publicaciones o coberturas. Para esos casos existen mecanismos institucionales y legales. Cualquier ciudadano tiene derecho a solicitar una aclaración o ejercer el derecho de respuesta, una herramienta contemplada por la Ley de Prensa N.º 16.099. El diálogo, la argumentación y el debate son los caminos propios de una sociedad democrática.

Pero quizás lo más preocupante de este episodio no sea la agresión en sí misma, sino la naturalización de la violencia. A una semana de lo sucedido, ni el presidente de Wanderers ni la institución han manifestado públicamente arrepentimiento por lo ocurrido. Ese silencio interpela y preocupa.

Los insultos, las amenazas, la prepotencia y la soberbia son formas de violencia que buscan intimidar, humillar o desvalorizar a otras personas. Y cuando esas conductas dejan de generar rechazo social para pasar a ser justificadas o celebradas, el problema trasciende a quienes protagonizan los hechos y alcanza a toda la comunidad.

Ese debería ser el verdadero centro de la discusión. No si gusta o no una cobertura periodística, sino la aceptación de la violencia como herramienta para resolver diferencias. Cuando un dirigente deportivo recurre a la agresión para imponer su visión y encuentra respaldo en quienes lo rodean, se envía un mensaje peligroso: que la fuerza puede sustituir al diálogo.

La cultura de la intolerancia, de la descalificación y de la patota termina permeando a la sociedad. Poco a poco, arrastra incluso a personas que fueron educadas en otros valores, pero que terminan cediendo ante la presión del grupo o la normalización de determinadas conductas.

Estos hechos deben ser visibilizados, expuestos, debatidos y cuestionados públicamente. No por un interés personal, sino porque representan una señal de alarma sobre prácticas que no pueden ser aceptadas ni relativizadas.

Las diferencias de opinión son parte esencial de cualquier sociedad democrática. La violencia, en cambio, es la negación del diálogo. Cuando un dirigente deportivo pretende imponer sus discrepancias mediante la agresión y encuentra justificaciones en su entorno, el problema deja de ser individual y pasa a ser colectivo. Por eso estos hechos deben ser denunciados, debatidos y condenados. Porque cuando la violencia se naturaliza, todos perdemos.

Sebastián Cáceres. Periodista. Director de Periódico Centenario.

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