Reflexiones en tiempos de pandemia

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Desde George Santaya a Napoleón Bonaparte, pasando por Abraham Lincoln y Avellaneda. A todos ellos se les ha atribuido la autoría de la frase: “Quién no conoce su historia está condenado a repetirla”

En una versión más actual me permito expresar: Conocer la historia permite evitar errores pasados para que el ser humano deje de ser el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

Los seres humanos repetimos ancestrales patrones de conducta sobre todo en situaciones límite como las que implica enfrentar pestes, epidemias y pandemias.

Una mirada a la historia nos confirma que el miedo, la tristeza, la soledad el pánico son sentimientos de los que resulta difícil escapar durante el transcurso de una pandemia: pasó, pasa y seguirá pasando .

No se trata de negar nuestras emociones, sino de aprender a reconocerlas y a lidiar con ellas.

A fines del siglo XIX la ciudad de Mercedes tuvo que enfrentar una peste: “la viruela negra”. (Recomiendo texto de Santiago Zefferino Díaz acompañada de documentación histórica que avala publicación en su muro de Facebook). En ella se detallan todas las curiosas coincidencias entre la mencionada peste y la actual pandemia. Pero me voy a detener en una de las coincidencias: la vacunación como alternativa para enfrentar al enemigo común.

También en aquella circunstancia hubo personas que se vacunaron y otras que no lo hicieron.

La diferencia sustancial es que ahora disponemos de una herramienta tremendamente poderosa: Internet.

Es innegable lo magnífico que es en cuanto a la cantidad de información a la que podemos acceder de un modo rápido y sencillo. Tampoco podemos negar su carácter democratizador, en tanto el acceso a la información deja de ser privilegio de unos pocos como lo fue por muchos siglos.

El punto es que cuando la información es tan diversa y en muchos casos contradictoria, es inevitable sentirse confundido e inseguro a la hora de decidir si voy a vacunarme.

Comparto mi experiencia con la esperanza de que pueda ayudar. Lo primero es admitir ” yo de este tema no sé lo suficiente”.  Lo segundo es saber que el acceso a internet te permite acceder a fuentes confiables pero también a otras que no gozan del mismo prestigio. Ergo, si no sos muy ducho para distinguirlas tenés que elegir otro camino.

El mío fue confiar en la opinión calificada de gente de mi confianza que sabe mucho de biología y ha pasado muchas horas del día en un laboratorio con la mirada puesta en un microscopio.

Ahora quiero referirme a un argumento que se ha convertido en el “caballito de batalla” de quienes están en contra de la vacunación: ” Mi sistema inmunológico es fuerte porque tengo una alimentación saludable y realizo actividad física. Por tal motivo es muy poco probable que me contagie y si ocurre no tendré mayores complicaciones.

El punto es que un argumento deja de ser bueno cuando es personal. Vos podrás tener un sistema inmunológico fuerte, pero no aplica para todas las personas que te rodean (abuelos, vecinos, amigos y familiares que sufren de una enfermedad crónica, sectores vulnerables de las poblaciones que no se alimentan bien …)

Ergo, la decisión de vacunarme es personal y voluntaria pero involucra a los demás. Nada más pertinente que las palabras del filósofo francés del siglo XX Jean Paul Sartre para arrojar luz sobre este asunto: “El hombre que se compromete y que se da cuenta de que es no sólo el que elige ser, sino también un legislador, que elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad. Ciertamente hay muchos que no están angustiados pero nosotros pretendemos que se enmascaran su propia angustia, que la huyen, en verdad, muchos creen al obrar que sólo se comprometen a sí mismos…. “

¿Te preguntaste cuánta “inmunidad de rebaño” se necesita para que la población adquiera resistencia?

Los científicos dicen que debería vacunarse el 70% de la población para conseguirlo. De modo que esta batalla aún no la hemos ganado.

Somos animales gregarios y en consecuencia, miembros de una sociedad sin la cuál no podríamos existir ni dar sentido a nuestras vidas. Esto explica que en tiempos de confinamiento y de distanciamiento social afloren emociones como la tristeza, la angustia y la soledad. Deseo que pronto podamos abrazarnos como antes y reunirnos con todas las personas que queramos pero para eso debemos trabajar en comunión. “NADIE SE SALVA SOLO

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